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kepaosoroiturbe.lectylabred.com
Kepa Osoro Iturbe
*
Kepa tiene 633880 yo+
portrait-dummy Álvaro Sa Ar      bosquenverso.lectylabred.com
Me están saliendo branquias

Ha subido el nivel del mar
y ni sentimos las olas
solo la corriente, invisible,
atraviesa nuestros pechos
sembrando ansiedad salada
a solas.

Nos duelen los brazos y los hombros
pesan como si tirasen hacia el fondo
y tenemos fatigadas hasta las lágrimas
de intentar achicar sal
para mantenernos a flote.

Y con su tiempo nos echan al fuego
, cada vez más rápido,
crepitante de sus cables trasatlánticos
pero me están brotando branquias
mientras se me asfixia el miedo.

No sueltes los remos, antes roto,
antes atado por sus aceros y plomos
he visto abrazos enterrarse en el frío
y no voy a dejarnos solos.

domingo 5 de febrero de 2017


 
 
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14/02/2017

portrait-dummy Rocio Ana Karen Verdin Acuña     rocioverdina.lectylabred.com
Vidas separadas
 
 
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04/02/2017

portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectylabred.com
DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY
GENTE DE PASO, DE A.P. BOLÍVAR, O LA TRASCENDENCIA DE LO COTIDIANO

Lo primero que llama la atención de esta novela es la insistencia del autor en presentar, con frase corta, seca, cortante, tanto las acciones como los objetos cotidianos que presenta. No busca lo novelesco, lo atractivo, lo maravilloso, lo que pueda sorprender constantemente la atención del lector, ni se siente atraído por el impacto emotivo, sino que se fija en aquellos elementos de un entorno que pueden ser incluso vulgar, tan cercano a nosotros que no nos damos cuenta de que es eso lo que constituye lo fundamental de nuestra entidad por ser un elemento clave para ella cuanto la rodea. No andaba por territorios muy lejanos Azorín, de quien decía Ortega y Gasset que en su obra se encontraban “primores de lo vulgar”.
La obra consta de dos bloques de contenido y estética diferentes. El primero es narrativo en su totalidad y se centra en el presente, en el tiempo en que vive quien lo relata. El plano de la acción gira alrededor de un fragmento de la vida de un joven periodista que viaja en automóvil a la búsqueda de datos de lugares y personas para la confección de un reportaje sobre las bibliotecas populares durante la guerra en el campo republicano. En este trabajo el foco lo pone en la aportación de una pareja, Wenceslao Mendizábal y Aurora Ríos, en pro de la alfabetización y distribución de libros en el frente. Además de la información libresca, el reportaje se ha de basar en la realidad por lo que, viaja a la búsqueda de elementos relacionados con el espacio donde desarrolló la pareja su acción para poder ilustrar con fotos, -algunas de las cuales incorpora en blanco y negro- la labor cultural realizada. Su pretensión es culminar el proceso de acumulación de materiales con una entrevista al superviviente que vive en una residencia, al otro lado de los Pirineos, en Le Perthus. Las vivencias del periodista, como si estuviesen contadas directamente por él al final de cada jornada, constituyen lo esencial de este bloque que consiste en el viaje desde el centro de España -supongamos que habla de Madrid- hacia las proximidades de la frontera francesa, en Cataluña; se detiene algunos días en lugares del frente de Aragón para después, como punto geográfico más lejano, continuar hacia Gerona y su provincia y, en algún momento, traspasar unos kilómetros la frontera en busca de la residencia en que vive, ya sus últimos años, uno de los maestros que enseñaba a leer en el frente de batalla, el protagonista masculino de su reportaje.
El otro bloque de la novela se sitúa en el pasado y carece de la unidad estilística del anterior, pues está formado por el material que el periodista reúne para la redacción del reportaje; en él domina más que lo narrativo la información extraída de libros, anotaciones de la entrevista, formularios administrativos… Junto a este frío acopio de notas, el periodista se encuentra con un documento de carácter diferente, las anotaciones en que Aurora Ríos relata una experiencia personal, algunas décadas después de la guerra; en este caso se trata de un viaje por la selva amazónica peruana, una travesía por el río Purús. Materia que, aunque desconectada con el eje central del reportaje, sirve para completar el trazado vital de la protagonista femenina del mismo.
Los dos bloques se ofrecen al lector de una forma independiente, separados en capítulos distintos que, a partir del segundo, se entregan al lector de forma alternativa; la transición de asuntos se capta al instante con el título o alusiones temporales o a aspectos materiales que retrotraen al lector al núcleo del reportaje en elaboración; el cambio de contenido se marca con una notable diferenciación estilística que, por si fuera poco, se acompaña, a veces, con notas explicativas a pie de página, ajenas totalmente al género narrativo.
Tras lo ya dicho, el lector comprenderá que nos hallamos, en lo referente al primer bloque, ante una novela de viaje, de técnica episódica en la que la unidad se teje en torno al periodista –uno cualquiera, sin nombre para universalizar al personaje- que, en cada capítulo, refleja su experiencia, el resumen de lo que ha sido el desarrollo de lo vivido ese día. No hay lo que sería un hilo argumental, sino que lo que se relata es lo acontecido y el lugar en que se ha desarrollado la acción y las personas, con frecuencia innominadas, que han intervenido por haberse cruzado con ellas el periodista; este, en algún caso, actúa como un simple observador que, por ejemplo, graba las discusiones de los que se sientan en una mesa cercana del restaurante o anota la conversación con alguno de los interlocutores que ha encontrado en su caminar. Esta fragmentación del relato cobra sentido si lo relacionamos con el título, “gente de paso”. Personas, lugares, preocupaciones y paisajes que conoce el periodista o con las que trata en ese transitar por tierras aragonesas y catalanas. Seres anónimos en su hábitat cotidiano, sin que tengan relación los asuntos o conflictos que puedan vivir unos con los de los otros. Algo aparentemente sin trascendencia, pero que nos da una imagen de las preocupaciones cotidianas de la gente de nuestro tiempo. Son, por su simplicidad, apuntes de pequeños reportajes sobre gente sin importancia, pero con capacidad para contarnos el vivir, los problemas de cada día, captados, por la vista y el oído, de un periodista que lo es en cada momento; su viaje se convierte así en una crónica, en píldoras, del vivir de los españoles a finales del siglo XX.
Pero el título encierra, en cuanto al tema principal, un calado existencial importante, pese a que el hombre, en un caso de clara obnubilación mental, no lo quiera considerar casi nunca: el carácter efímero de la existencia humana; un tema que enlaza con la filosofía en boga tras el gran desastre de la II Guerra Mundial, el existencialismo. Se muestra aquí, pese a la situación abocada a un próximo final del protagonista, sin dramatismo, sin las tintas negras que esa corriente filosófica -literaria puso, durante un tiempo, de moda incluso en la vestimenta de aquellos años. El periodista, al que en el primer capítulo se le diagnostica un final próximo, prosigue su quehacer cotidiano sin traumatismo alguno, pese a que el cuerpo se revuelva contra él en algunas ocasiones; lo hace consciente de que el ser del hombre en el mundo es un tránsito, un viaje por el río que nos lleva, como escribió Sampedro; él es como los demás, un ser al que, como a otros personajes de la novela, el autor no le asigna nombre alguno que lo distinga de los demás, forma parte de ese colectivo al que apunta el título, “gente de paso”.
Aquí la guerra la encontramos como un eco; su carácter destructor aparece con las bombas y la muerte, pero queda, como un hálito de esperanza, la lucha utópica que desarrollan cuantos trabajan por la extensión de la lectura; un esfuerzo ilusorio pues convierte así al libro, la biblioteca, en suma, la cultura, en un medio para superar al adversario. “Los libros y la educación seguían siendo- dice años después- las armas más poderosas para combatir la intolerancia y la violencia”. Aunque esa labor no alcance los objetivos anhelados, pues la pareja de protagonistas ni sus compañeros de lucha no logran el éxito, la victoria, sino que, por otras razones, el rumbo del conflicto bélico lleva a la pareja de bibliotecarios al fracaso, con destinos divergentes al final de la guerra. Ese carácter de ser para la muerte, lo efímero del ser humano, A.P. Bolívar lo marca al principio y lo reitera, como cierre al final. Principio y fin; alfa y omega; el caminar de la cuna a la sepultura que diría Quevedo. Pero no solo las personas anónimas, sino también los objetos, lo que nos rodea; muchos detalles de acciones nimias, insignificantes en sí mismas, aquí son reseñadas como valiosas; con esto vemos que el autor las realza para mostrar la inconsistencia en que se apoya la firmeza del ser que se cree el rey de la creación y que, aunque se crea muy importante, no es más que un componente más de esa colectividad que forma la multitud que forma la humanidad entera, todos somos “gente de paso”.
Wenceslao Mendizábal y Aurora Ríos, los maestros dedicados a la alfabetización de los soldados, son dos personajes de clave, en nomenclatura de Michel Butor; son entes de ficción pese a que el autor, con la reproducción de alguna fotografía, juegue a darle una corporeidad para que resulte más creíble su entidad física, le da una imagen fotográfica al lector para que los asuma más fácilmente como personas reales, a lo que da consistencia el que estén tomadas de la prensa de su tiempo. Lo más importante de ellos, junto a su obra de difusión cultural, es que se mueven entre una galería de nombres de personas históricas, muchas de las cuales son conocidas por los libros de historia; son los escritores y profesionales del libro que nombró el Gobierno republicano para la conservación de los bienes culturales, libros –Biblioteca Nacional y salvación de las bibliotecas particulares en peligro de destrucción- y obras de arte, como las obras del Museo del Prado; una acción esta de suma importancia en la que, en el traslado de algunos cuadros a Valencia, A.P. Bolívar hace intervenir Aurora Ríos siguiendo las indicaciones de Timoteo Rubio. Algunos de los intelectuales que se mencionan, los que permanecieron, en un exilio interior, en España tras la victoria de los franquistas, tuvieron que ver lo que Dionisio Ridruejo, en Escrito en España –pero publicado en Argentina– denominó “el reinado de los mediocres”: el ascenso, en la posguerra, que otorga el poder franquista a personas de escasa entidad científica por su conformidad con el sistema al situarlas en la cúspide de las instituciones para su control. Por la novela vemos discurrir el quehacer de personalidades como las de María Brey, Antonio Rodríguez Moñino, María Moliner, Tomás Navarro Tomás, Josep Renau… algunos de los cuales, cuando consiguen salir de España en los años cincuenta y sesenta, ocuparán cátedras de relevancia en universidades norteamericanas. Como nota aparte hemos de señalar que no olvida el autor alguna referencia a la labor de Antonio Machado en su etapa valenciana.
La novela aparece ceñida a un realismo tan a ras de tierra que todo tiene credibilidad; sin embargo, el autor inserta quiebros que rompen la verosimilitud con la inquietud de lo misterioso, con la presencia, eso sí mínima, de lo real maravilloso y la plasmación de lo irreal en un sueño. Destaca la presencia de lo coloquial, parcela en la que muestra una extraordinaria capacidad para la captación del lenguaje oral al mostrar el novelista muchos matices del habla de los personajes de variada procedencia geográfica, incluso hispanoamericana; como a muchos de ellos solo los vamos a conocer por su habla, será la lengua el elemento caracterizador de su personalidad en la breve presencia que van a tener con el lector. Como débito anotamos la falta de anclajes espaciales verificables en la geografía real en muchos momentos; esto hace que el lector no pueda tener una base segura en que apoyarse para seguir el itinerario de ese viaje del periodista, por lo que se perderá tratando de seguirle el rastro en la geografía aragonesa y en las zonas limítrofes catalanas. Hay claves descriptivas que apuntan a determinados lugares. En este sentido, lo que nos parece menos aceptable es que rompa el paralelismo ficción-realidad al situar parte de los últimos momentos de la acción en un lugar de la costa gerundense, Sant Agusti, que no viene en los mapas oficiales de carretera y que tampoco te puede indicar cómo llegar hasta él, si se lo preguntas con corrección a Mr. Google.
Pero dejemos esta minucia aparte. Como refuerzo para dotar de verosimilitud al desarrollo de la ruta por la que avanza el periodista, A.P. Bolívar recurre al tratamiento lineal del tiempo; no obstante, hay algunos momentos en los que recurre a la retrospectiva, por ejemplo, para explicarnos el germen del núcleo sentimental de la novela, el encuentro con Sophie; este se produjo durante un viaje de trabajo que el periodista había hecho con anterioridad a una isla del océano Índico; por otra parte, el encuentro con un antiguo compañero de estudios les lleva a recordar el tiempo pasado, -lo que posiblemente utilice el autor para contraponer el material de observación, personas y paisajes, de sus viajes con material autobiográfico- y, como una historia de su infancia, nos narra el caso del vecino que le contaban, allá en su adolescencia, sus padres para que sacase algún provecho de ella, la historia de los “tumbados”.
Aunque la novela acaba de aparecer –tiene fecha editorial de diciembre de 2016- la acción –y suponemos que, quizás, la escritura de la misma- hay que retrotraerla al pasado; acaso hasta la última década del siglo XX, no solo por la alusión a Arsenio López Huertas como Delegado del Gobierno en Madrid, sino también por los materiales que maneja el periodista, básicamente cuaderno de notas, lápiz y bolígrafo, cámara de fotos y grabadora; se advierte la ausencia de materiales puestos de moda posteriormente con las nuevas tecnologías.
Por el final de siglo saltó a las discusiones de las revistas literarias la propuesta de algunos santones de nuestra cultura sobre la conveniencia de que la novela tendiese a diluirse en los confines del ensayo si no quería desaparecer; algo que nos parecía ilógico, pues el placer de la narración parece como algo inherente al hombre de ahí su persistencia desde los momentos iniciales que se remontan a los siglos oscuros de la humanidad; mientras que el ensayo aporta unos conocimientos, que, pese a que puedan ser cuestionados, caminan hacia el ámbito de lo intelectualmente asumible o rechazable y la satisfacción, por tanto, que pueda producir podríamos denominarla intelectual, la obra nos lleva, en cambio, hacia un ámbito en el que dominan más los componentes emocionales.
En esta novela encontramos yuxtaposición de elementos narrativos y expositivos, sin que se fusionen; al lector le queda muy claro que unos pertenecen al ámbito de la ficción y que los otros, pese a que aparezcan juntos, al campo de la historia cultural; nos referimos a ese numeroso grupo de escritores que, desde Valencia, trabajó en pro de la cultura democrática y de la defensa de la República y fue capaz de sacar a la calle, durante toda la guerra, un revista tan valiosa como Hora de España.
En resumen, nos hallamos ante una obra que nos muestra que el novelista tiene una amplia gama de posibilidades y las muestra a través de la ficción; por un lado encontramos, entregado por el reportero que protagoniza la novela, un proyecto propio de novela policiaca, con un fragmento de un capítulo que entrega con tipografía diferente; y por otro hace algo que le gustaba a Max Aub como era insertar fragmentos de las obras de unos personajes de ficción cuya vida daba como real con apoyatura en relatos o pinturas de sus personajes; en Gente de paso A.P. Bolívar nos da el cuaderno de la expedición por el río Purús que Aurora Ríos escribe y envía a su hija desde el Brasil para contarle una experiencia en la que pasa situaciones dramáticas.
Albricias para todos por el nuevo autor y para Alas Ediciones que se ha aventurado a darlo a conocer. Y para el autor, un deseo: que el nuevo paso lo dé en firme.

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03/02/2017

portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectylabred.com
DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

MADERA DE BOJ, de Camilo J. Cela, o la hipnosis por la palabra

No extraña que al leer lo que se ha publicado con motivo de la aparición de la última novela de Camilo J. Cela todo sean elogios a una forma de escribir, que se nos haga hincapié en las conexiones de esta obra con las anteriores del mismo autor, en el carácter vanguardista, en la escritura surrealizante; el talento de Cela como escritor lo tiene demostrado de sobra con gran parte de su obra anterior por lo que expresiones de admiración tras la publicación de Madera de boj han de ser admitidas dentro de lo normal, pese a que uno sea escéptico ante eso de que su narrativa, como dice la propaganda de esta novela, sea “el modelo de escritura del siglo XXI”; pero lo que sorprende es que en ninguno de los que se deshacen en elogios ante la novela meta el diente en la obra; no es, sin duda, por la falta de penetración de los comentaristas -alguno son primeros espadas de la crítica, otros de las letras- sino que el intríngulis de la obra es tal que no se puede desentrañar en una crítica de rápida redacción, de esas que en las redacciones exigen para dar la nota al público antes que los demás. Después de redactar el artículo he visto que la crítica de Senabre en El Cultural (3-9 de octubre de 1999) difiere de los comentarios aludidos, pues intenta desentrañar aspectos de la obra.
Estas eran, como decía, las reflexiones que me hacía al conocer la noticia de la aparición de la obra, ver la propaganda y leer las primeras impresiones de algunas figuras del mundo de las letras. A partir de la tendencia de las últimas novelas de Cela a una escritura libre, cada vez más libre -una buena excusa para acumular materiales heterogéneos sin una trabazón interna- me preguntaba mientras me hacía con el libro, (vivo en un pequeño pueblo castellano) ¿estaremos realmente ante una obra extraordinaria o ante el final del talento creador de Cela? Tras leer con interés la obra, creo que, sin duda, no puede hablarse de agotamiento de la capacidad creadora del novelista, porque la obra se caracteriza tanto por la acumulación de un centón de hechos como por la creación de numerosos personajes -con la categoría de vivos unos, con la de difuntos muchos- presentados de una forma inconexa, engarzados entre sí a la buena de Dios, con esa forma extraña que tiene de trabajar la memoria cuando está nuestra mente libre de las trabas que le imponen el rigor lógico, el encadenamiento entre causa y efecto, la sucesión temporal o, entre otras formas de estructuración, los criterios espaciales. Pero Cela no ha caído en lo que sería la libertad total de la mente, el caos mayúsculo, sino que ha encadenado discursos fragmentarios sobre personajes, hechos, lugares y los presenta, de forma entrecortada, por entregas, en frases cortas, en las que, con frecuencia, la coma es la frontera que marca los límites, el salto de un asunto a otro, la transición de materia, el cambio de tono.
Con esta ruptura de la puntuación convencional se puede tener una idea de la obra: amazacotamiento, confusión, pesadez y la libérrima voluntad del autor de saltarse los convencionalismos sancionados por la RAE en aras a la creación artística que ha de ir por los campos que quiera conducirla su creador. Y también, por lo apuntado antes, es una muestra, a mi juicio, el juicio de un lector de pueblo, de esos que vamos a pie, de la incapacidad organizativa o de la falta de interés o de las ganas de trabajar del escritor parar poner orden en ese magma informe que entrega al lector.
Me baso para hacer esta afirmación en que es el mismo Cela quien se coloca a sí mismo como narrador con lo que rompe la barrera de la ficción y de la realidad o, si queremos, se intercala en el mundo eterno de lo artístico a sabiendas de que él ya tiene un asiento imperecedero en el olimpo de los narradores españoles del siglo XX. Allá en la tercera parte (págs. 216-217) se manifiesta lo que hasta ese momento podía ser una sospecha; hay referencias directas al propio novelista, familia, y vida, además en primera persona, del escritor D. Camilo J. Cela; antes ya nos había puesto sobreaviso al decirnos que el narrador es de Iria (pág. 161); sin embargo, no mantiene a lo largo de toda la obra el mismo punto de vista ya que al principio muestra un distanciamiento respecto a su persona al relatarnos que un personaje “fue compañero de colegio en los jesuitas de Vigo del famoso escritor padronés don Camilo José Cela”. (págs. 35-36).
Esto nos lleva a que, si tenemos presente la separación entre los conceptos de novela y realidad, estamos delante de una obra en la que el autor ha convertido en materia literaria algunos aspectos de su vida combinándolos con otros muchos; unos son fruto de su propia imaginación, otros materiales proceden de su indagación sobre la gente del entorno de Finisterre, -el Fisterra oficial- que es el marco espacial en el que sitúa la mayor parte de los personajes y acciones apuntadas, mencionadas o aludidas en la obra. Un rasgo clave de la construcción de esta obra es la falta de desarrollo tanto de los personajes como de las acciones, pues el narrador se limita a bosquejar una larga galería de tipos del mundo rural gallego, presentes en esta vida corpórea o deambulando como espíritus, sin que ninguno de ellos tenga un tratamiento pormenorizado y su actuación pueda convertirse en el eje vertebrador de los núcleos temáticos básicos de la obra. En la primera parte surgen como a borbotones, luego reaparecen, aquí allá, para intentar hacer una pirueta, siempre la misma porque son personajes planos de los que se retoma casi de una forma monótona el mismo perfil; al final, para dar cierta idea de encuadramiento, el autor termina con el mismo personaje que inició el relato.
Es la costa occidental gallega el ámbito físico en el que se encuadra la mayor parte de las acciones; en algunos momentos el narrador, por esa coincidencia con el autor, se desplaza momentáneamente hacia Extremadura, por mencionar la patria de Pascual Duarte; en otros instantes, una alusión le permite dar un salto y cruzar el Atlántico; en unos casos con referencias a viajes a Sudamérica que hacen algunos personajes, o el brinco puede estar motivado, por ejemplo, por una alusión a las negras de Nueva York; también habría que mencionar que desplaza, en ráfagas fugaces, la atención del lector hacia otros parajes, ya sean de España, hacia Castilla para hablar de las ancianas de Arévalo, o hacia Europa, por ejemplo, Inglaterra (Leed), de donde procede James E. Allen, uno de las criaturas de la obra; pero, en general, podría sostenerse que es la geografía costera occidental gallega sobre la que Cela ha apoyado casi todas las acciones -la mayoría mínimas, pocas pueden calificarse como anécdotas completas- que llevan a cabo sus múltiples personajes; entre ellos hemos de situar también a alguna persona conocida de este mundo real en que vivimos sus lectores, como la anécdota de la infancia de Carlos Luis Álvarez, Cándido, (p. 234-235), un suceso que le ocurrió cuando veraneaba en una colonia organizada por la Asociación de la Prensa de Madrid en el castillo de Ameixenda, a finales de los años cuarenta.
Una relación minuciosa de esos elementos biográficos a que nos referimos tardaremos en saberlo; “no he de ser yo el que lo explique”, nos dice el narrador en la página 286; cuando, en el futuro, algún estudioso de Cela los desentrañe es posible que encontremos que uno de los aspectos de la aportación de su segunda esposa a su vida se le revela al lector en esa frase en la que afirma que “Marina la de don Gerardo mudó una inercia en alada eficiencia” (p. 78) en el caso de que sea ella la aludida; también quizás pueda aclarar si el hartazgo de sardinas mencionado en las páginas 216 y 217, con el tronar de ventosidades de algunos comensales, corresponde a una de las muchas sardinadas en que participó don Camilo en sus días de ocio en la costa de su tierra.
Esa geografía por la que deambula el narrador y sus personajes no aparece descrita en la mayor parte de las ocasiones, sino sólo nombrada; el uso del nombre propio es casi exclusivo de tal forma que se podría crear un mapa muy completo con todas las referencias; un mapa tan complejo como sería el resultado de unir varios de los existentes entre los que hay que situar hasta los náuticos, pues, en algún momento, marca líneas de navegación y, sobre todo, muestra piedras o roqueras peligrosas para los barcos cuando están próximos a la costa; supongo que el nombre propio con el que las denomina es aquel con el que son conocidas en la comarca cada una de ellas, pues es frecuente la mezcla del gallego con el castellano.
Los retornelos de la memoria son los vaivenes que utiliza como núcleos estructuradores; no es sólo uno como pudiera pensarse de la reiterada presencia de los barcos que han encallado y encontrado su fin, y el de muchos de sus marineros, frente a la llamada, con razón, “Costa de la muerte”. Es cierto que uno de los trabajos de don Camilo ha sido el de contabilizar los barcos que han ido a parar a las rocas afiladas de Finisterre o de sus alrededores; acaso alguno lo interprete como un homenaje o como una simple colección de breves obituarios, porque los datos que da de ellos son muy escuetos y sin que haya una gradación temporal en la inserción; el número de barcos aludidos es tal que en la mayoría de las páginas inserta uno y en algunas dos, pero en forma de breves telegráficos; así en la página 239 nos cuenta que “el pesquero Marqués de Pola naufragó más allá de La Coruña, murió un marinero y desaparecieron tres” y tras alusión a una ermita que se ve desde una isla y a la posible conversión de los hombres en animales (enumera lagartos, murciélagos, sapos o lo que sea) añade “Lauriña y Margarida naufragó en punta Xornelo al pie del monte de Caldebarcos”.
Más que la presencia de la muerte al autor le atrae jugar con los límites entre los vivos y los muertos, entre los mortales y los espíritus -”Cirís de Fadibón pedicó al diablo en lo alto de Cabernalde montándolo a canchapernas” ( p. 13)-; así inserta una serie de personajes, todos ellos apuntados sucintamente, pero el número es tan crecido que muy bien lo podemos considerar como otro elemento estructurador. El autor sigue con su afición a pintar lo jocoso y a bautizarlos con nombres estrafalarios -Mermelada Baamonde-, para suscitar la sonrisa del lector, entroncando así con esa serie de tipos carpetovetónicos que ha entregado en numerosos artículos periodísticos y libros anteriores.
Junto a barcos que se estrellan y personajes atípicos en actitudes atípicas, sean vivos o difuntos, hay que situar también recetas de curanderos, oraciones de la religiosidad popular gallega, refranes, y una siembra diseminada de pensamientos que el narrador entrega en ingeniosas metáforas, en llamativas comparaciones. Esos vaivenes de la memoria liberada de la traba del intelecto son la excusa para una reiteración de motivos con variantes como fórmula de conexión entre todos los elementos con que teje la narración. En cada una de las cuatro partes en que divide el texto es fácil encontrar la alternancia de ingredientes escatológicos con otros que son de carácter vitalista; aquí se alude al deseo de gozar y la carne roza con la pasión y al lado vemos la desesperación del suicida; junto a esta puede aletear, en alguna ocasión, un hálito de ternura; lo que es innegable es que junto a la abundancia de referencias a lo sexual, ya sea en órganos o en acciones, late, a veces oculto por la pátina de un humor en el que se juega con la desacralización, un poso de negro desengaño que tendría su reflejo en las aspiraciones humanas que siempre están más cerca de los sueños que de la realidad; su símbolo esa casa con las vigas de una madera ininflamable, la de boj, la cual, ni el narrador ni su familia consiguen construir.
Por otro lado, la división en cuatro partes nos parece caprichosa; la única justificación la declara en el subtítulo de cada una de ellas; en la primera hace muchas referencias al rugby, en la segunda al tenis, en la tercera a artes prohibidas y en la cuarta al criquet. Mas como el texto es una aglomeración de elementos y personajes dispares y chocantes, podía el autor muy bien haberla establecido por cualquier otro lugar; únicamente señalar que la ruptura entre las partes la ha establecido a partir de las variaciones sobre un mismo motivo: un camino sembrado cruces de piedra y de pepitas de oro.
El texto es eminentemente narrativo con la inserción de prescripciones sobre asuntos sanitarios, refranes, dichos populares; como la puntuación es anticonvencional y se decanta por el uso de la coma como signo separador, el lector encuentra varias páginas seguidas en las que toda la materia se le presenta sin un punto y aparte. De cuando en cuando enclava un pequeño diálogo que, en realidad, en repetidas ocasiones, es un pseudo diálogo ya que el autor pone en boca de un personaje innominado una crítica al desorden de la obra y la consiguiente réplica del autor negando la aseveración de su crítico. (págs. 14, 50, 89,132, 137, 175, 204, 220, 229 y 283).
Esta defensa del desorden y de la confusión -en algún momento admite que está algo desordenado, “pero tampoco demasiado”- no es una variación de un motivo más; nos parece que es el punto de partida para la exposición de una teoría sobre la novela como reflejo de la vida y la imposibilidad de aprehender la realidad, si no es a partir de esa multiplicidad de elementos, puesto que “la vida no tiene argumento, cuando creemos que vamos a un sitio a hacer determinadas heroicidades la brújula empieza a girar enloquecidamente y nos lleva cubiertos de mierda a donde le da la gana, a la catequesis, al prostíbulo, al cuartel o directamente al camposanto” (págs. 294-295). Idea que reitera en la página siguiente rechazando como estética de los modernos a partir del rechazo al realismo; “el planteamiento el nudo y el desenlace, que son las tres normas que se deben tener presentes, el modelo es Emilio Zola o doña Emilia Pardo Bazán” (p. 296). Una dicotomía, vanguardismo exagerado o relato decimonónico, que nos parece propia de quien ha perdido la memoria de los extremos inevitables a los que se llevó en aras de un experimentalismo esteticista y en el que el propio Cela quiso ir más allá que los más osados de los jóvenes con su Oficio de tinieblas, un culo de saco por el que vio que no se podía continuar y era preciso dar la vuelta y volver a la narratividad que antes se había detestado.
Estamos, pues, ante una interpretación de la novela que nos parece inaceptable, lo mismo que si a la obra la quiere su autor aplicar la clasificación de crónica, como hace en la página 176; en incluso, el narrador se atreve a ir más lejos ante la gesta de un personaje que llegó a nuncio de Su Santidad en Centroamérica: se queja, porque no le dicen el nombre, por lo tanto, concluye, “así no se puede escribir la historia” (p. 288). La acción de narrar supone un intento de comunicación entre el que narra y el que escucha o lee; y esa comunicación sólo será aceptable si hay una gradación del interés que sostenga cautivo de la palabra del narrador al oyente como nos dice Virgilio en la Eneida: callaron todos y estaban pendientes de relato de Eneas. Sin una mente estructuradora que organice el relato, por muy bonitas que sean las metáforas, desternillante el humor, por muy encantadora que sea la magia de algunas anécdotas... todo puede quedar reducido a palabras sueltas, frases aisladas; el lector o el oyente, que siempre se considera en inferioridad de condiciones respecto al conocimiento del mundo, suele abandonar el brillante torbellino de palabras que no le aporta una luz en el negrura del caos; prefiere las piruetas del circo a los artificios basados aparentemente sólo en la combinación de los signos lingüísticos; hoy día el lector de a pie tiene muchas formas para llenar su ocio y ya no se deja adormecer ni tampoco hipnotizar por un relato en el que sólo encuentra la musicalidad de las palabras, brillantez en metáforas, ingenio en pensamientos aislados.
Sin embargo, en Madera de boj no hay esa pura artificiosidad por lo ingenioso en sí mismo; hay valores que van más allá de ese desengaño vital, de ese escepticismo ante lo solemne y de esa propensión a reírse de todo, especialmente de las aspiraciones del individuo y a jugar con lo sagrado; téngase presente que uno de los personajes se queda ciego por tirarse un pedo mientras rezaba el padrenuestro. En esta obra se encuentra un caudal de conocimientos -como ya he anticipado antes al referirme a los dichos populares, fórmulas sanadoras, refranes, recetas gastronómicas...- sobre el mundo rural gallego que puede dar pie a un tratado sobre la vida y creencias tradicionales del campesino gallego; hay una extraordinaria riqueza verbal que llega al extremo de fusionar sin discontinuidad el castellano con el gallego, el habla culta con la popular; hay un preocupación por la palabra como se muestra en las continuas muestras de diferencias en las formas de denominar a animales, objetos...; se encuentra también una ritmo y una musicalidad que se trasluce en numerosas cadencias, en enumeraciones lógicas que el autor rompe, cuando le parece, con el disparate, en busca de la sonrisa; y, sobre todo, una actitud libérrima ante la obra de arte literaria y es en esa actitud, por los extremos a los que llega, en la que encontramos un signo del agotamiento de la capacidad fabuladora de quien ha sido una de las figuras más notables de la narrativa española del siglo XX.
Estas impresiones han sido las que nos surgían durante la lectura. Las expectativas creadas estos años pasados desde que hizo hincapié en el empeño en que trabajaba en Madera de boj nos lanzaron a su lectura como el pescador que cifra un aspecto de su dicha en la pesca del rorcual, sin embargo, acaso porque somos de interior, hemos sido incapaces de conseguirlo. Acaso sea consecuencia de vivir en un pueblo y tener cierta pasión por el orden sin conocer los consejos y las advertencias de don Camilo: “la preocupación por el orden es enfermiza; esto va demasiado bien ordenado pero no he de ser yo el que lo explique, ¡allá usted!, yo no le llevo la contraria a nadie porque estoy ya muy escarmentado.” (p. 283)
Como a mí no me parece que lo del orden en esta obra sea cierto, lo afirmo a la pata la llana, como decimos en mi pueblo; mi admiración por el autor no me lleva hasta el extremo de comulgar con ruedas de molino; sería falso si dijese lo contrario por alabar a quien no necesita de los elogios de un simple lector de pueblo. “El adulador se alimenta de carroña y es como la hiena o como el gusano de los apestados, y el adulado es igual que el marido cabrón, que puede consentir y eso acarrea infamia”. (p.226)
Como se ve no quiero tener nada que ver con al ejemplo que pone don Camilo. Lo que no quiere decir que no deje de reconocer la genialidad de su escritura y el peso de su obra en nuestra narrativa; la encuentro hasta en La mala muerte, de Fernando Royuela, una novela a la que me refería al escribir sobre El amante lesbiano, de José Luis Sampedro en otro lugar de este blog.
Tal vez sea que uno se ha quedado en el siglo pasado. O eso es lo que dice alguno de mis amigos. Y no crean ustedes que ahora hablaré de mí, no; de mis amigos. En cuestiones de literatura no nos ponemos muchas veces de acuerdo; charlamos en el bar y, a veces, alguno se sube de tono; es posible que, cuando nos oiga algún joven, de los que viene a pasar el fin de semana en el pueblo, piense que somos refractarios a lo nuevo. Sin embargo, si las paredes hablasen, les dirían que apreciamos el vino bueno, venga de donde venga; y sobre novelas les oirían decir algo similar. Quizá sea por el peso de lo rural; la gente de pueblo tarda en habituarse a las aportaciones de la técnica; mis paisanos y yo, en vez de dejarnos subyugar por los hallazgos de nuevos materiales y esos diseños flipantes de lo virtual, nos quedamos con la sencillez natural del cuarzo rojo de Salamanca y en vez de interesarnos por las aventuras de los caballeros motorizados del reino de Kronen, preferimos los embustes de Marcelo Olías, el peluquero que, por grandes que sean, no nos molestan, pues ya sabemos que siempre nos toma, aunque nos quede poco, el pelo; tan bien es verdad que nos incordian, inquietan y subyugan -lo digo para que se vea que, en los villorrios, no todo es tranquilidad como suele decirse- las aventuras que nos cuenta, en la taberna, un catalán, de palabra clara, que se ha establecido por aquí, al que, por dárselas de ligón, llamamos el Pijoaparte; a veces, con un vaso de vino en la mano, se nos engaña más fácilmente y seguimos con interés, por ejemplo, una historia de lluvia amarilla que nos cuenta uno que dice que estuvo con los maquis -menos lobos, le digo yo, que tú eres más joven- y, para terminar la noche, -es el momento del acabóse con que se suele rematar el rato de parranda- hay uno que se arranca, tras unos cuantos rasgueos de guitarra, con unos cantes que él se atreve a calificar -la verdad es que no llega a tanto- como de Antonio Molina. Y, naturalmente, como estamos contentos con lo poco que tenemos, no aspiramos a sueños inalcanzables; no lo digo por hablar, no; he hecho una encuesta y nadie me ha dicho que haya soñado alguna vez con una casa fabricada con madera de boj.

Y sepan los que han leído estas reflexiones que, de algunas de las que de aquí en adelante salieren y llegaren a nuestras manos, ya saben que estamos lejos de la Corte, les tendremos informados.

(Madera de boj, de Camilo J. Cela, Espasa-Calpe, Madrid, 1999)

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31/01/2017

portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectylabred.com
DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

¿MUERTE DE LA NOVELA EN EL SIGLO XXI?

Los números tienen poder mágico y actúan sobre las personas con efectos desconocidos. Nos hemos acostumbrado a poner al tiempo números y, al principio de este siglo, con eso de que se iba a cambiar la serie numérica en la que estábamos incardinados, se levantaron pronósticos -¿lo recuerdan ustedes?- sobre cuestiones baladíes y sobre las más profundas; se revisó todo lo que se había hecho en el periodo al que se ha llamado siglo XX y lo que se puede conseguir en el presente siglo XXI. La novela no ha quedado al margen de los augurios; así, mientras unos entonaron los gorigoris de sus funerales, otros se apresuraron a notificar que las próximas ficciones, porque los tiempos que se avecinan han de ser más serios, pragmáticos y no se podrá perder el tiempo en imaginarios calenturientos, tendrán fuertes componentes ensayísticos. Lo más gracioso, para quienes nos movemos en la quietud de la vida de los pueblos y, por tanto, aún no hemos notado el acelerón de la historia ni mucho menos su fin, es que muchos parecían vestirse con los atuendos solemnes de Rappel en los cursos de las universidades de verano y lo decían con tal seriedad que, ya sean jovencitos o entrados en años, si no supiésemos que el papel exige esa pose, diríamos que se creen, como todos los que cada final de año lanzan augurios para el siguiente, sus propias predicciones. Como se las creía el señor Ortega y Gasset cuando en los años veinte del siglo pasado pronosticaba el fin de la novela, o como, cuando en los finales de los setenta, se despotricaba contra el realismo y la narratividad con tal fuerza que quienes lanzaban esas prédicas parecían enterradores que deseaban acabar con lo que se había hecho antes y ponerle la cruz sobre la tumba.
Quienes vivimos en un pueblo vemos a veces a dos o tres personas que construyen, de consuno, una ficción a partir de determinados datos de la cercana y común realidad y lo hacen de forma muy diversa a otro grupo que se halla no muy lejos de ellos y con el mismo motivo de conversación; por ejemplo, he oído múltiples versiones a partir de la versatilidad de la fortuna, cambios rápidos entre lo bueno y lo malo, el placer y el dolor, el vitalismo y la presencia de la muerte... Sí, imagínense que, a partir de la intervención del azar en un movimiento de una pierna humana se pone a girar la rueda de la fortuna e, inmediatamente, quienes antes estaban en un coche situado en un plano inclinado próximo a un pantano haciendo gimnasia erótica en unos segundos están luchando por sobrevivir, porque el vehículo ha caído en un lago. Personajes, acción, tiempo, punto de vista, temas y otros componentes de la técnica narrativa son utilizados de forma muy diversa por los fabuladores de cada grupo. Cada uno aportaba datos diferentes para confluir en un final de muy diversa significación. En definitiva, que, aunque a los popes sagrados de la cultura les parezca que el fin de la novela es algo que se ve venir, para quienes vivimos al margen de la existencia -hoy sólo existe lo que aparece en la televisión- el contar historias es algo connatural al ser humano y siempre le apasionará saber qué es lo que ha pasado, no sólo a sus vecinos, sino que cualquier otra historia podrá engancharles si el narrador sabe despertar el interés por medio de la acción y de sus personajes. La indagación sobre el presente o sobre el pasado -ahí está esa impresionante novela de Vargas Llosa La fiesta del chivo- y también las ficciones sobre la sociedad del futuro, como las que encontramos en Fahrenheit 451, de Ray Bradbury, siempre serán cuestiones abiertas a la curiosidad del ser humano y en ellas, mañana igual que ayer y hoy, se podrán situar miles de anécdotas sugestivas. Mientras la utopía sobre la tierra no se haga realidad siempre habrá dramas humanos que merecerán y deberán ser contado a los demás; en unos casos serán acciones trascendentes protagonizadas por personajes hercúleos, dignos de admirar; en otros la acción puede ser ejecutada por personajes insignificantes como somos la mayoría de los mortales. Esto no quiere decir que todas las novelas tengan que tener la dura existencia humana como eje de la acción novelesca; pueden muy bien los novelistas que, en vez de fijarse en la épica que subyace bajo la piel de cada emigrante que pasa el Estrecho en patera, fije su objetivo sobre la buena vida de la gente guapa, o le hinque el diente a los límites entre la novela y la realidad, entre lo divino y lo humano o satirice lo que quiera poner en solfa...; sean todas bienvenidas si saben enganchar con la acción y, tras jugar con los distintos elementos que componen una novela, construir una obra de arte.
Como no estoy yo tan seguro de que mi idea sobre la pervivencia de la novela sea cierta y no puedo hablar con la rotundidad que he visto en algunos gurús del mundo de la ficción narrativa, les aconsejo que lean novelas, ahora que las hay; no sea que se acaben y sea difícil hacerse con ellas. Lean novelas –acaso después puedan dar el salto a los libros de poesía, teatro, ensayo-; es indiferente el modo, el lugar, la hora, incluso, hoy que se hablan de sistemas electrónicos, escojan el que esté a su alcance o se acomode mejor a su edad, a su estado físico; y una sugerencia, si son ustedes habitantes de una gran urbe, aprovechen el tiempo que van en el metro para acortar la distancia con la lectura; les aseguro que podrán escapar de esa boca negra, acaso por El Túnel, de Sábato, y, si se encuentran a gusto en la oscuridad, podrán adentrarse en El corazón de las tinieblas, de Conrard; si se estropea la refrigeración, vayan preparados con La mar nunca está sola, de Robert Saladrigas… Escojan lo que escojan, algo podrán sacar de provecho para la vida o para su enriquecimiento personal, porque, desde antiguo se viene recordando, como hacen el autor del Lazarillo y el mismo Cervantes, la frase de Plinio de que “no hay libro, por malo que sea, que no tenga alguna cosa buena”.
Aunque uno tiene sus dudas, acaso pueda afirmarse que la novela no morirá, mientras el hombre tenga curiosidad –ojalá sea sana curiosidad- por las vidas ajenas.
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30/01/2017

portrait-dummy Álvaro Sa Ar      bosquenverso.lectylabred.com
#aprendiendo
Antes de echar púas

Tomando margaritas rayadas
te quemas con la máscara
que usas para asustar
de tu espejo a los fantasmas
con anteojeras, la mirada en un túnel
porque no te gusta lo que gritan las paredes
y a pelo las estallas
pero el muro siempre vence
y buscas el verbo que te maquille
que sepa esconder todo lo que duele
engáñate, pero yo veo tus cicatrices.

Y a ciegas, la hoguera te llama
para leer sentencias en los ojos de tu gente.

Esperas a alguien para quitártela,
una flor con espinas
que se enreden con tus traumas.
¿Quién te va a querer si no eliges?
¿Quién te va a querer bien
si tú no te proteges?

Aparta la mirada del fuego
porque la verdad es
que no vives en tus sueños.

Enganchada,
no puedes dejarlo,
a pecho descubierto
la carne sobre las brasas.

No todas las corazas son iguales
no pesan igual
ni sirven para lo mismo
no digo que la sueldes
a tus crestas vertebrales.
Ponla para salvar filos
no para sujetarte.
 
 
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20/01/2017

portrait-dummy Fulgencio Castañar Ramos     veralandia.lectylabred.com
DE MIS LECTURAS. NOTAS DE AYER Y DE HOY

Las Vueltas, un poemario rock, de Félix Vera (Alas Ediciones, Santander)

No es desde el fondo de ese cajón en el que antiguamente se acostumbraba a depositar los papeles más íntimos de donde nos llega este libro; una colección de poemas, como la de este volumen que surgen entre los años 1997 y 2003, el final de un siglo y el comienzo de otro, no se ha podido guardar en un cajón de madera ni metálico, porque, por la edad del autor, los cuadernos y carpetas son materiales un tanto obsoletos y los nuevos tiempos han traído una tecnología diferente por la que los jóvenes se han sentido atraídos y la han convertido en la enseña de su generación; por eso creemos que han de haber dormido en un archivo informático, en una subcarpeta de documentos propios, oculto su contenido con un título que, por si alguien curioseaba en su ordenador, nada pudiese hacer sospechar que eran lo que en otras generaciones hubiesen llamado “intimidades”.

Porque intimidades, compuestas de sueños, anhelos, fracasos, amores, ideas personales sobre la vida y la muerte… todo ello envuelto y estremecido con un contexto de música rock es el contenido del poemario que sale más de una década después de su composición.
Tras dejarlos reposar nos llegan ahora como fruto de una depuración, acaso sería mejor decir selección, y llegan al público como confesiones de un ayer que se fue empujado por la corriente vital de un río cuya fuerza impide nadar contra corriente. Un acto de generosidad –la poesía supone en la mayoría de los casos una entrega de sí mismo– y de remembranza de una etapa de la vida que, en la que, como nos ha pasado a todos, la soledad nos hace bailar con las palabras y el tiempo se alarga perezosamente como si fuera inacabable; mas después, el joven se ve arrastrado por la vorágine laboral y el entorno le hace correr para no perder el tren que le lleva al puesto de trabajo, y, cuando va a llegar a la estación en que se ha de bajar, le “dan ganas de llorar”, porque, sin darse cuenta, se ha hecho adulto sin que haya tenido tiempo para advertir que la hosca realidad se ha tragado lo sueños juveniles. Atrás quedan, desdibujadas con extrema rapidez, las ensoñaciones que habían nacido, a veces, del desconsuelo, en algunas ocasiones, de la esperanza en otras, también de la rebeldía y ¿cómo no? de la frustración…, porque la vida nunca sale al encuentro con las gratas envolturas con que uno, en las horas de aletargamiento, con la vista turbia por las imágenes acarameladas que acaba de ver en la oscuridad del cine, las sueña.

Menos mal que, en la duda, también en la desesperanza y, sobre todo, cuando el joven que entonces era el autor, sentía que la ilusión estaba al alcance de la mano, la música y las palabras le abrieron la puerta a la poesía y en ella encontró ayuda para convertir lo desagradable, frío y áspero en una entrañable placidez que brotaba, ahora sí, sobre el papel de la punta de un bolígrafo y, al esculpirlo, se convertía en un poema. La pasión, la velocidad, la incitación, el ansia de libertad y el ejemplo de muchas canciones le quitaron la atadura de la rima y el sonsonete de algunos estribillos repiqueteaba en su mente para empujarle a jugar con los ritmos. Fue, posiblemente así, cómo la palabra, a la que hasta ese momento, apenas había apreciado por tenerla tan a mano, se convierte en el vehículo por el que va a ser capaz de adentrarse en las galerías más escondidas del su identidad, de lo más profundo de su ser y algunos asuntos o temas de sus conversaciones con amigos va a quedar esculpido en un conjunto de poemas que, poco a poco, va a ir creciendo.

Esto es lo que va a encontrar el lector en el poemario de Félix Vera, el verbo cotidiano que da forma y volumen a un sentimiento y esa vivencia interior, moldeada con tantos recursos poéticos como puede tener a mano quien tiene habilidad para jugar con el lenguaje y sentido del ritmo. La semilla tarda algún tiempo en germinar y el brote, recién nacido, aflora débil, con timidez ante lo desconocido, pero el impulso vital empuja a vencer las dificultades que puede encontrar en la capa terráquea; así el monstruo inicial del poema, sea idea, imagen, sensación, sentimiento, se incuba en el interior hasta que lo amorfo, revuelto y oscuro, se revuelve una y otra vez para, lentamente, adquirir una forma propia que se transforma en una melodía, a veces casi imperceptible, como un susurro que poco a poco se torna inteligible en las palabras que componen los primeros versos; luego crece y la vivencia y lo soñado se entremezclan y adquiere su identidad, como poema. La plasmación, mental o gráfica, impedirá que el paso de las horas se lleve ese sentimiento entre el polvo de los recuerdos. Esa búsqueda de la palabra y del ritmo es uno de los medios por el que podemos evocar esas interioridades, el grato don de evocar los sueños. “¡Ay, qué grato regalo de los dioses/ es el soñar”, nos dice Félix Vera para entregarlo, hecho verso, a los demás; así los poemas nos permiten conocer algunas batallas de la vida, seguir las huellas de su caminar, y también podemos ver cómo el poeta estira la mano hacia la dicha y esta se deshace entre las sombras y el desconsuelo, acaso por la infancia perdida, solo se evapora con la música, por ejemplo, envuelta en nostalgia, de Dulce Pontes. Y antes de que todo el impulso juvenil se lo lleve el viento, tiene la dicha de verlo, como una realidad distinta, transformado en arte en el poema.

El poemario Las Vueltas está estructurado en tres partes: “La vida”, La locura” “Lo que he visto”; las dos primeras están encabezadas por versos de canciones y la tercera por un par de versos de León Felipe. El poemario tiene como lema inicial una cuarteta de Asfalto:”Ahora quiero que entiendas/ que solo soy uno más/ y si me ves de vuelta/ me falta mucho por llegar.” El libro, para que tenga sentido el subtítulo de “poemario rock” se cierra con una banda sonora en la que el autor indica los títulos de algunas canciones y los de los intérpretes que las han popularizado para que el lector se sienta inmerso en el entorno de la creación del libro.

En la primera parte encontramos la búsqueda de las ilusiones del pasado que el paso del tiempo ha borrado y de las que solo queda un desvaído recuerdo, la soledad del hombre en el mundo, el anhelo del deseo erótico, las ansias de volar para realizarse, la escasez de fuerzas para enfrentarse a la vida en el momento del tránsito, cuando llega “la hora de que un hombre tome sus decisiones y siga solo el camino para él trazado”, en definitiva, temas universales, como la lucha contra el tiempo, contra la sociedad y contra uno mismo.

La inconsciencia, dice el filósofo, es lo que nos permite ser felices; para el poeta es la locura la parte del poemario en que encuentra la dicha, pero nunca es constante, porque el amante tiene que sufrir, en más momentos de lo que quisiera, el mal de ausencia por la separación a que se ven obligados por el destino. “No podría volver a vivir/ la dicha de ayer mismo/ mirando ese mar tan azul/ aspirando nuestras últimas/ bocanadas de felicidad”. Pero la separación, aunque traerá dolor, cuando el amor es fuerte, no ha de llevar siempre congoja, sino que se puede tornar en fuente de dicha con la evocación de la felicidad disfrutada, ya sea en medio de la naturaleza, en el entorno de los lagos Enol y Ercina, pedaleando a orillas deI Inn, tumbado a orillas del Tiétar y también, ¿por qué no?, en un paseo por el Madrid de los Austrias.

En la tercera parte la presencia de la música aparece por doquier; el impacto de los conciertos, antes soñados –-por la distancia del pueblo a la urbe–- que vividos. Si para el poeta el heavy metal es el género musical más impactante, acaso porque supuso un primer estallido de libertad, es también, en alguna ocasión, motivo de desencuentros en sus relaciones con las adolescentes de su edad. Sin embargo, como para tantos miembros de su generación, es un elemento básico, indispensable, un constituyente más de su ser, acaso tan necesario como el aire para respirar.
“He llorado…./por lo que fui…/ por lo que no llegué a ser…/por todas las canciones que me hicieron libre”. Es este el epílogo con el que cierra el poemario, con un título, en inglés, significativo: “Forever free”.

Una colección de poemas trasparente, con un lenguaje nuevo, libre de ataduras métricas y también de los formalismos tipográficos; la profundidad de los pensamientos no está reñida con el humor que consigue, con frecuencia, con la ruptura del sistema en los versos finales. La dispersión de los núcleos temáticos es, sin duda, consecuencia de la multiplicidad de estados anímicos propios de los instantes por los que pasaba el creador.

Esperamos que la inspiración no le abandone ni se desanime con el trabajo a la hora de cincelar los poemas. El artista, además de tener cualidades naturales, no puede realizarse sin la insistencia en la labor tanto de creación como de pulido del monstruo inicial. Es de desear que Félix Vera no espere tanto tiempo para dar a los lectores su próxima entrega; aunque comprendemos que cada creador te toma su tiempo y la vida cotidiana tiene unas exigencias que nunca sacia la poesía. Por eso creemos que el poeta es el más generoso de los creadores literarios porque da lo más íntimo de sí mismo sin recibir nada a cambio.
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19/01/2017

portrait-dummy Rocio Ana Karen Verdin Acuña     rocioverdina.lectylabred.com
Claro que hay personas que se quedan en el pasado, ciertamente tu lo has hecho por estos años, te justifico, pero no quiero algo así en mi vida. Siento como si mi persona no fuese lo suficiente importante para vivir el presente. Tan palpable para mi, y tan insignificante para ti que prefieres soñar y existir con lo que fue tu vida antes de mi. No hay motivo para quedarme, es justo irse. Claro que se que hay mas personas que se quedan viviendo en su pasado, ciertamente, pero yo no soy de esas, yo quiero un presente tal vez malo o tal vez bueno, pero que camine conmigo, en mi tiempo y en mi espacio.. pero sobretodo que sea verdadero no imaginativo.
 
 
17/01/2017

portrait-dummy Eduardo Bustillo Holgado     edubh.lectylabred.com
Reseña de 'Estética del Polo Norte' de Michel Onfray de la Editorial Gallo Nero Ediciones.
http://www.viajesdelibro.com/estetica-del-polo-norte-michel-onfray/


'Estética del Polo Norte' es un libro de viajes a Tierra de Baffin, espacio vital de los Inuit, una reflexión sobre el progreso, el cambio climático y los procesos colonizadores y una dedicatoria fabulosa del autor a su padre.

Espero que os guste!


 
 
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15/01/2017

portrait-dummy Liliana Morales      lijgt.lectylabred.com
El reloj camina
tic tac tic tac t…
lamento mortal

L
 
 
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14/01/2017

portrait-dummy Liliana Morales      lijgt.lectylabred.com
Hoy terminando el posdoctorado en la Universidad Estatal de Maringá (UEM), Paraná, Brasil. Trabajé sobre el concepto de "Animación a la lectura".


 
 
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14/01/2017

portrait-dummy Liliana Morales      lijgt.lectylabred.com
Les comparto el número 17 de la revista Barataria, de la Editorial Norma, dedicado al tema de la Migración.

#11/z" target="_blank" style="word-wrap: break-all;">
http://www.edicionesnorma.com/colombia/catalogos/barataria/barataria_17/ #11/z
 
 
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14/01/2017

portrait-dummy Álvaro Sa Ar      bosquenverso.lectylabred.com
#AdiósALosGatitos
Estás presente sin abarcarlo todo
sin ahogar las ganas pidiéndoles más.
Te dejas cuidar, sin reproches cuando te sientes sola
porque nadie te ha abandonado.

Puedes ponerle palabras y seguirá empujando tu pecho
porque te han mentido
y son los latidos los que dictan
discursos y discursos escribe el negro
agujero capaz de abarcar el universo.
Tan grande y tan esclavo
del menospreciado rojo
te tripas todo, proyector a través de tus ojos
que se comunica a través de miradas
a calambrazos que nos encogen el alma,
la garganta, el ceño, las piernas, el recto.

Te puede fallar la vista
porque no esperas un coloso
no necesitas un celoso
todo hecho de arcilla
para sentirte segura.

Y así yo puedo ser yo,
abrir mi profunda gruta
sin miedo de que explotes mi mina,
sin tener que manar oro,
sin miedo a que te hundas.


 
 
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12/01/2017

portrait-dummy Álvaro Sa Ar      bosquenverso.lectylabred.com
#QuemaTuVidaDePalo
Me gusta tener los filos afilados
porque una navaja embotada es un arma de doble filo
y es fácil herirse por no esculpir
los caminos que trazan nuestras vetas.
¿Qué voy a hacer con una hoja roma,
si soy madera?

Me gusta ser madera porque arde.

Me encanta arder y que mis amigas ardan
que quemen su vida de palo
elevándose a sí mismas al máximo.


 
 
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12/01/2017

portrait-dummy Rocio Ana Karen Verdin Acuña     rocioverdina.lectylabred.com
Saquearon nuestros hogares hace mucho tiempo los Europeos, luego con diplomacia los Estadounidenses, los chinos, los rusos, etc, de igual manera nos quitan lo que por nacimiento nos pertenece y luego los oportunistas de nuestra nación hacer lo mismo. Es un fastidio diario. Cambio de interés material por uno más espiritual. Cambios en la consciencia de cada uno de los mexicanos. Entre tanta realidad a veces es bueno soñar con un mundo mejor.
 
 
09/01/2017

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